Y allí estaba ella. Allí entre aquel tumulto de gente que bailaba, reía, hablaba y bebía sin preocupación, se escondía ella. Tan elegante, tan inocente que no sabía que allí había un par de ojos que no encontraban la tranquilidad hasta que no la encontraban a ella. Él, que no se había atrevido a hablar a nadie de sus sentimientos, que creía poseer una armadura infalible, resultaba que se veía totalmente indefenso, y a la vez tan lleno, cuando ella estaba cerca.Ni siquiera era al hablar con ella, simplemente mirarla. Esa luz cegadora que desprendía su sonrisa podría cegar a cualquiera; sus ojos brillaban como si de dos estrellas se trataran y, de hecho, formaban la constelación más hermosa de todos los firmamentos que él pudo observar.
Sin embargo, aquella noche era especialmente complicada. Demasiada gente. Demasiado trabajo para sólo un par de ojos. Intentaba disimular, intentaba evadirse mediante la música y el baile, pero todo fue en vano. Realmente sus ojos estaban dispuestos a salirse con la suya y buscarla entre toda la gente una y otra vez.
No fue hasta el final de la noche que ella se acercó a él, y mientras ella se acercaba, su corazón se aceleraba y todo su cuerpo se quedaba paralizado, no respondía ante nada ni nadie. Estaba totalmente abducido por aquella extraña luz de su mirada. Tan absorto estaba que ni siquiera pudo entender lo único que le dijo en toda la noche. Enseguida maldijo todo el ruido de aquella fiesta, y también se maldijo él por no haber estado atento. Intento que lo repitiera, pero no lo consiguió.
Ya de camino a casa, él iba en el coche pensando: ¿Cómo me puede estar pasando esto a mí? Reinaba el silencio dentro del vehículo, faltaban las palabras, pero rebosaban los pensamientos en su cabeza. Miraba por la ventanilla, miraba sus zapatos, incluso de vez en cuando echaba un vistazo al cuentakilómetros, pues le parecía que iba demasido rápido. Y fue entonces, en plena vorágine, que su cuerpo sintió un escalofrio. Lo pilló totalmente desprevenido. Sin embargo, y sin saber cómo, él sabía de qué se trataba. Quiso mirar para comprobarlo. Bajo la mirada hasta su mano, donde se originó aquella descarga, y pudo ver que otra mano la estaba acariciando. Ya sabía a quien pertenecía, o a quien quería que perteneciera; y esta vez alzó la mirada siguiendo un brazo desnudo y al final del recorrido encontró de nuevo aquel rostro que irradiaba luz propia, que lo miraba y sonreia sin decir nada; sin esperar que él dijera nada. El silencio continuo siendo el dueño de aquella situación, pero ellos se lo estaban diciendo todo sin palabras. El tacto de una mano con otra era mucho más revelador que cualquier palabra lúcida en aquel momento.
Las farolas de la ciudad seguían pasando a gran velocidad en el otro lado de la ventanilla, pero él ya no las veía. Ella le pidió que cerrara los ojos, y él lo hizo, pues se sentía seguro al sentir sus dedos entrelazados a los de ella. Al tiempo, sintió el motor apagarse y entonces los abrió. Pasó de la total oscuridad a recibir un impulso de millones de luces que formaban la ciudad. Bajó del coche y se detuvo delante del precipicio para contemplar la maravillosa vista de luces de colores que gobernaban todo hasta el horizonte. Justo cuando pensaba que no podía ver más bombillas juntas recordó que estaba al aire libre, levantó la cabeza al cielo y a los pocos segundos empezaron a aparecer otros cientos de luces. Al principio su distribución era aleatoria, como las de la ciudad, pero pronto empezaron a formar figuras. El primero en aparecer fue Orión, el cazador griego. Luego aparecieron algunas otras, entre ellas Casiopea, la mujer de belleza incomparable. La supuesta belleza de Casiopea le recordó algo más. Y de nuevo se expuso a la única luz que podía hundir aquel lugar en la más triste oscuridad. Resistir aquello era dificil, y de hecho duró sólo algunos segundos. La magia de aquel lugar estaba presente, él lo notó desde el primer momento que abrió los ojos.

Empezó a hacer frio, y volvieron a el coche. Allí seguían observando el espectáculo, sin mucho que decir. Sentía una gran presión en su cabeza, un cúmulo de sentimientos que querían aflorar, y todos a la vez. Sentía un “cuello de botella” que taponaba su mente. No sabía por donde empezar, así que optó por observarla detenidamente. Se estableció una especie de duelo, uno miraba al otro esperando que alguien empezara.
Viendo la ineficacia del lenguaje verbal, volvió a surgir una alternativa. Ella se acercó hasta su mejilla para darle un beso, y se retiró lentamente sin perder en ningún momento el contacto visual. Sus labios se separaron y empezaron a articular palabras: “Tengo miedo” dijo ella mientras acariciaba su mano. Al cabo de un instante volvió a acercarse a su mejilla. Esta vez volvió a besar su mejilla una vez, pero antes de retirarse decició repetir y hacerlo más cerca de la comisura. No llegó a retirarse del todo, y aprecía dispuesta a un tercer beso. Un tercer beso que formaría linea con los otros dos, y así fue como ella terminó de dibujar la línea de tres puntos en su cara, el mágico Cinturón de Orión. Un instante después ocurrió lo que tanto deseaban. Sus labios se conocieron. Al principio se tocaron timidamente, para después disfrutar el uno del otro. Aquel momento de unión sólo fue interrumpido una vez, la primera vez que él tuvo claro como debía romper aquel silencio. “Te quiero” le susurró.